Perder el tiempo

Otros, ellos, antes, podían. -La mayor, Juan José Saer

Uno de los recuerdos más antiguos que tengo es ir al cine a ver Ratatouille, una lejana tarde de invierno. Fue hace mucho y solo me acuerdo de lo anecdótico: estaba chinchudo, cuando llegamos la función ya había empezado, un ser con máscara de gas perseguía a unas pobres ratas… y, al final, una escena que no olvidé: Anton Ego, un pedante y esnob crítico culinario, prueba el ratatouille y el sabor le recuerda la comida de su mamá. Yo no lo sabía (no podía saberlo) pero acababa de presenciar un momento proustiano.

Lo que entendemos por momentos proustianos tiene su origen en la novela En busca del tiempo perdido, monumental obra escrita por el “pequeño” Marcel Proust durante más de una década de encierro, fruto de su frágil salud. En el primer libro de la serie, Del lado de Swann, el sabor de una madelaine sopada en té le permite al narrador (al que por comodidad llamaremos “Marcel”, como el autor) empezar la búsqueda emocional de el tiempo perdido a través de la escritura de una gran obra literaria: el libro que tenemos entre nuestras manos. 

Marcel Proust, uno de los más grandes autores franceses, el escritor favorito de tu escritor favorito y, por supuesta, invitado habitual de esta biblioteca

Este tiempo perdido designa a todas esas cosas que distrajeron a nuestro protagonista de su vocación de escritor: irse de fiesta, asistir a recepciones aristocráticas, viajar a la playa, enamorarse, ser celoso y podríamos seguir. También, refiere a los años que han pasado, a una época que no volverá y cuyos protagonistas son ancianos o ya han fallecido. 

La idea original era escribir un cuento. Y el cuento creció hasta ser una novela breve. La novela breve pasó a larga. Y la novela larga se multiplicó por siete.

Es casi superfluo comentar que En busca del tiempo perdido es una de las novelas más largas que se han escrito. Muy pocos se han leído los siete libros. Y, para ser honesto, yo tampoco. Mi heroico intento de leerme todo en un año murió, no fue más que una quimera. Entonces, ¿se puede hablar de una novela de siete partes habiendo leído sólo las primeras cuatro y sin estar cerca de empezar el resto? Quizás no. Sin embargo, esta no es una nota como tantas otras de esta sección. Ya que más que un análisis o una recomendación al uso, se trata de una invitación a emprender el proyecto, un tanto quimérico, de leer En busca del tiempo perdido– o, en su defecto, empezar y terminar Del lado de Swann, el primer tomo. 

Hurtarle horas y minutos al día y a las redes sociales para leer una novela que se extiende a lo largo de páginas pobladas por burgueses esnob, artistas, arribistas, damas caprichosas, amantes celosos y aristócratas aburridos bien puede parecer tiempo perdido. ¿Pero y si en realidad fuera lo contrario a perderlo? ¿Y si la búsqueda de ese tiempo perdido en realidad fuera el camino que conduce al más precioso de los tesoros?

UNA MAGDALENA SOPADA EN TÉ

Y en el instante en que el sorbo mezclado con las migas del bizcocho tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que pasaba en mí (…) esa esencia no estaba en mí, era yo mismo. Cesé de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde provenía esa poderosa alegría? Sentí que estaba ligado al sabor del té y del bizcocho, pero lo sobrepasaba infinitamente, no debía de ser de la misma naturaleza- Marcel Proust, Del lado de Swann (trad. Estela Canto)

Una tarde de invierno “Marcel” tomó una taza de té con una magdalena que le ofreció su anciana madre. Cansado, insomne, frustrado y con frío, sopó la masita en el té y en el momento exacto en que su paladar probó la pasta azucarada obró un milagro. Una sensación nueva y placentera (muy parecida al amor) inundó su cuerpo consiguiendo que, por un momento, sus amarguras y fracasos parecieran poca cosa. Decidido a explorar esa sensación hasta llegar a la raíz del asunto, llegó a la conclusión que no podía ser el brebaje sino algo más profundo y trascendente. Fue y volvió, hasta que a su memoria vino un recuerdo que parecía olvidado para siempre. Ese era él del sabor de las magdalenas sopadas en té de tilo que le convidaba su tía los domingos a la mañana cuando él iba a visitarla. 

Este episodio es el más famoso y conocido de En busca… Esa emoción movilizada a partir de algo tan simple y ordinario como el sabor de la masita será el punto de partida de la búsqueda del tiempo perdido. Una odisea emocional y afectiva cuya forma se plasma en el libro que estamos leyendo. Es un viaje en reversa, que empieza en el presente, salta al pasado lejano y de ahí desanda el camino hasta ese encuentro con la masita sopada en té una tarde de invierno. Es un viaje de páginas y páginas donde, con la Belle Epoque (1871-1914) como trasfondo, veremos como se alzaron y derrumbaron reputaciones, amores no correspondidos, celos e infidelidades, secretos, artistas que pasarán a la historia, los cambios en la percepción del tiempo y un larguísimo etcétera. Trasfondo al servicio del gran tema de esta obra: el paso del tiempo y sus efectos en todo lo que nos hace humanos, fundamentalmente en lo que respecta a la naturaleza plástica de la memoria, que cambia con los años y puede expandirse hasta ser capaz de albergar en su interior el tiempo perdido.

Bal au molin de la Galette  (1876), de Pierre-Auguste Renoir. Proust recrea en sus páginas a la sociedad pudiente, alegre y aburrida de fines del siglo XIX y XX. Así como a varios de los artistas del momento. Al arte de Renoir dedica una de las mejores páginas Del lado de Guermantes

¿Pero por dónde se iba al lado de Swann?  

DEL LADO DE SWANN

Del lado de Swann se centra en la recuperación del mundo afectivo de la infancia del narrador. Este mundo, el primero de tantos paraísos perdidos, está marcado por la apacible vida rural de la burguesía de provincia, en contraste con el mundo ajetreado y snob de París. Algunas de las páginas más tiernas de la obra de Proust se encuentran en esta parte, con el recuerdo de sus abuelos, tíos y tíos abuelos; además de las lecturas compartidas con su amorosa madre, su relación con la criada Françoise (el mejor personaje de la novela) y los paseos después de almorzar.

Durante esos paseos, a veces la familia pasaba por el lado de Swann. Un amigo de la familia, de muy buena posición económica y cuyas visitas coinciden con los primeros recuerdos dolorosos del narrador. Resulta qué cuando Swann venía de visita,a “Marcel” le tocaba irse arriba a dormir mientras los “grandes” comían y charlaban. Hasta qué, un día, Swann se desgració y no volvió a ser invitado por la familia.

Swann, su historia y caída, funcionan como un microcosmos de En busca del tiempo perdido. Por un lado se trata de un exponente de la alta sociedad con su dinero, sus modales exquisitos y su afán por coleccionar obras de arte. Pero también (y de esto se trata Un amor de Swann, capítulo dentro de esta novela) supo ser un hombre tan enamorado como celoso.

Retrato de Charles Hass, hombre de mundo de fines del siglo XIX. Serviría de modelo para el personaje de Swann

Un amor de Swann puede leerse en forma casi autónoma, como si se tratase de una novela breve. Ahí encontramos la historia del romance de Swann con Odette de Crécy, una demi-monde. Ambos se conocieron en el salón de los Verdurin, unos burgueses pedantes y crueles que invitaban a artistas como el compositor Vinteuil. Fue en ese salón, después que el músico interpretó su famosa sonata para violín y piano, que Swann se enamoró perdidamente de Odette. Y así, la música de Vinteuil le recordaría para siempre ese momento así como la magdalena le recordaría al narrador su infancia.

Lo que sigue después de ese momento hermoso es el relato de algo bastante humano y real. Swann y Odette no pegan juntos; él es demasiado burgués, demasiado refinado y ella es bastante vulgar pese a buscar con ansias un mayor estatus social. 

Retratos de Laure Hayman y de Madame X. La primera fue uno de los modelos que inspiraron al personaje de Odette de Crécy, pero en mi imaginación siempre se pareció un poco a la dama retratada por Singer

Con los días, el amor de Swann da paso a la desesperación de los celos. Uno de los momentos más álgidos ocurre cuando, después de visitar a Odette y sospechando que esta lo engaña, pega la vuelta desde su casa, a pie, hasta llegar a la casa de su amante solo para ver si hay o no una luz encendida en su cuarto. Un amor así no puede prosperar jamás y, al final, Swann termina dejando a Odette. Después de haber pasado por sufrimientos indescriptibles, todo por una mujer que no era de su tipo. 

RECUPERANDO EL TIEMPO PERDIDO

Empecé Del lado de Swann en diciembre de 2023. Después de un año leyendo los cuentos, novelas y ensayos de Juan José Saer, quién tenía a Proust entre sus favoritos, necesitaba saber de qué se trataba. Además, uno de los mejores cuentos del santafesino, La mayor, dialoga directamente con la obra de Proust y la famosa escena de la magdalena.

Empecé a leer y quedé tan fascinado que me prometí leer todo en un año que en un año. A mediados de agosto de 2025, recién terminé de leer Sodoma y Gomorra. La cosa, como verán, toma tiempo.

Esto me permite volver al dilema del principio ¿vale la pena dedicarle meses u años a la lectura de En busca del tiempo perdido? ¿Vale la pena enfocarse en la obra de un francesito asmático cuando hay tanto para ver y hacer? ¿Tengo que invertir mi tiempo libre en esto?

Es una objeción atendible. Nuestro tiempo libre es, quizás, uno de los lujos más preciosos y escasos que tenemos. Parcelado entre el sueño y la vigilia, entre el trabajo y/o el estudio, entre el transporte público, los embotellamientos o las salas de espera; sin olvidar los cuidados y la limpieza del hogar ¿Cuánto tiempo libre tenemos realmente? Algunos pueden disfrutar unas horas al día, otros trabajan hasta en sueños. Esto lleva a otro problema ¿qué tan libre es nuestro ocio? ¿Qué tan libres somos cuando hacemos doom-scrolling o cuando le damos play a una serie escogida por el algoritmo de Netflix o HBO? Hoy día, incluso cuando no hacemos nada, siempre estamos produciendo: reproducciones, views o tráfico en redes que se convertirán en ganancias. 

Comparado con ese tiempo malgastado, perder el tiempo leyendo a Proust es lo más sano y hermoso que podemos hacer. A veces se trata de una oración por semana, otras son páginas y páginas que nos dejan hipnotizados por horas. Porque leer En busca del tiempo perdido es sencillamente placentero. No hay comparación para la manera en que el estilo del pequeño Marcel va desplegando frente a nosotros un tapiz enorme de personajes, emociones y lugares. Tampoco lo hay en la forma tan especial en la que el estilo de la novela fluye de la narración al cuadro de costumbres, del chisme al arte. Todo en un continuo tan elegante que no alcanzamos a notar el cambio de un registro a otro.

Hablar de una obra tan extensa implica dejar muchas cosas en el tintero. Me quedan muchas cosas por decir, tanto sobre los temas que no he podido abordar ni mencioné como sobre los distintos personajes que habitan en sus páginas: Robert de Saint-Loup, rancio aristócrata y demócrata; los trabajadores del hotel de Balbec, desde el jefe de los mozos hasta el ascensorista; el Barón de Charlus, cuya perdición son los jóvenes bien parecidos; Charles Morel, músico talentoso y arribista despreciable; Elstir, pintor destinado a la gloria pero incomprendido por sus contemporáneos, y un largo, largo, etcétera que constituye parte del disfrute que supone esta lectura: recordar nuestra propia lectura a medida que avanzamos con ella. 

Paisaje de Cézanne, uno de los artistas (como casi todos los pintores y músicos impresionistas) admirados por Proust.

Si uno está cansado, agotado o insomne, la lectura de Proust puede ser un remedio inesperado. Permítanme una confesión, una noche de septiembre del año pasado me puse a leer Del lado de Guermantes para combatir un inoportuno desvelo. Mientras leía (serían la una o dos de la madrugada) empezó a llover, aliviando finalmente la pesadez del día pasado. Y, mientras escuchaba llover, leí unas páginas donde el narrador contaba cómo pasaba sus noches insomnes en un viejo hotel donde él era el único huésped. La coincidencia inesperada me acunó en un plácido sueño.

Esta anécdota, banal como todas las anécdotas, sirve para ilustrar la más maravillosa cualidad de la obra de Proust. Más allá de las reflexiones sobre el paso del tiempo, el arte o el amor, lo que hace que no podamos dejar de hablar de En busca del tiempo perdido es sentir que esas páginas han sido escritas con nosotros en mente. Es encontrar la palabra exacta para un sentimiento, una intuición o una impresión que creíamos innombrable. Es volver a escuchar una voz querida. Es volver a degustar un sabor, quizás una madelaine sopada en té o un ratatouille, que creíamos que no íbamos a volver a disfrutar. Es volver (¿volver o empezar?) a recordar.   

N. del A.:  Editorial Losada cuenta con una traducción argentina de En busca del tiempo perdido, trabajo de la escritora y traductora Estela Canto quién falleció antes de terminar de traducir El tiempo recuperado. La recomiendo simplemente por ser la que estoy leyendo. Una opción un poco más económica es la edición de Alianza Editorial, sello español. Seguramente en internet o en alguna biblioteca se puedan encontrar otras ediciones sin muchos problemas.

N. del A.2: Nobleza obliga, muchas de las ideas y el enfoque de esta nota vienen de mi lectura de un ensayo que siempre recomiendo: Reading and Time. Las coincidencias y similitudes se deben menos al plagio que a mi falta de originalidad.   

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