Un niño se sienta frente a la pantalla blanca que cubre la inmensa pared, sus pies no llegan al piso y la butaca, al menos por ahora, le resulta incómoda. En comparación con esa superficie blanca él es un insecto, un microbio, una mota de polvo flotando perdido en medio de la habitación.
Las luces se apagan. Su corazón se acelera. Aunque le aterra la oscuridad, no es miedo lo que siente ahora mismo, no. Algo más se conjura en su interior. Se trata de una intuición que es prima del terror e hija de la sorpresa. La pantalla se ilumina, el niño sabe que está por ver magia.
De chico no iba mucho al cine, al menos no tanto como ahora. En ese entonces, las hazañas titánicas, los trucos de magia y las revelaciones fundamentales sobre la naturaleza de la vida estaban enjauladas en un televisor cuadrado y grandote. Sin embargo, la potencia de las imágenes fue suficiente para que, inclusive a través de ese medio defectuoso y enclenque que era mi televisor, las ideas y las emociones de esas obras me atravesaran y me cambiaran por completo.
Recuerdo el VHS de Buscando a Nemo (2003, dir. Andrew Stanton), el nudo en la garganta que se me hacía siempre en Tierra de Osos (2003, dir. Aaron Blaise y Robert Walker) y el rarísimo doblaje argentino de Los Increíbles (2004, dir. Brad Bird). Nada se compara a eso. Nada.
Hace relativamente poco fui al cine a ver Mission:Impossible – The Final Reckoning (2025, dir. Cristopher McQuarrie) y al llegar me asusté. La fila era enorme, los mejores asientos estaban definitivamente perdidos, la catarata de pochoclos era inminente. Segundos más tarde entendí que no era para ver las últimas piruetas de Ethan Hunt sino para ver Lilo & Stitch (2025, dir. Dean Fleischer Camp), el remake live action de uno de los clásicos animados de mi generación. Al instantáneo alivio le sobrevino una decepción absoluta, pues la fila no estaba completa por niños, sino por adultos, gente de mi edad o inclusive mayor.
Una catarata de preguntas brotó en mi mente, todas pueden ser reducidas a: ¿Por qué? O, mejor: ¿Para qué? ¿Perdió algo la original para que necesite ser rehecha en un CGI grotesco?
Por bueno que sea, el remake es eso: una copia menor, un doble fallido, un engendro que, al carecer del alma de la original, se alimenta vampíricamente de los recuerdos, de las emociones y de las nostalgias del público. Ejemplos no faltan, primero fueron los viejos clásicos de Disney, ahora es el turno de las películas de Pixar. Cada mes hay uno nuevo, y cuando se terminen los éxitos animados será el turno de los éxitos de carne y hueso (ya salió la secuela de Freaky Friday). Todas películas, por buenas o malas que sean, van derecho a la procesadora de nostalgia en la que se han convertido los grandes estudios de Hollywood.
Mientras sigamos participando de este ritual macabro de resurrección impía, más películas seguirán sufriendo este destino de no-muerte ¿Hasta cuándo?
Esos recuerdos de la infancia son lo mejor, es cierto, sin embargo son solo eso, recuerdos. Por más que lo intentemos no podemos volver a ser niños, porque, enfrentémoslo, no vemos estas regurgitaciones vomitivas porque pensamos que pueden ser buenas, sino porque queremos sentir lo mismo que sentimos cuando, de chicos, nos sentábamos en la oscuridad para ver los trucos de magia, para que el mundo se abriera de par en par frente a nuestros ojos. Volver es imposible.
En la otra sala, y en paralelo a la proyección de Lilo & Stitch, tuve una de esas revelaciones a las que estábamos acostumbrados de chicos. Frente a mis ojos, Mission:Impossible se desenvolvía como una experiencia absoluta, una especie de obra total que contenía todos y cada uno de los aspectos de la vida. En cada una de las piruetas había magia. En cada uno de los desafíos de Ethan Hunt había verdades. Paso a paso, ese equipo humano lograba lo imposible para vencer a la máquina invisible y todopoderosa.
Entonces, es imposible volver al pasado, es inútil tratar de revivir las ascuas de fuegos extintos. La clave, ahora sí, es transformarse. Convertirnos de nuevo en ese niño ansioso por la luz. Reducirnos en tamaño y en sabiduría. Entregarnos sin objeciones al torrente mágico que nos presentan las figuras de la pantalla.


